El jueves 10 de abril a las 18:30 Juan José Martín Ramos presenta Viajeros sedentarios (La Garúa, 2025), el nuevo poemario de José Luis Morante, en la librería Enclave de Libros (Relatores, 16. Madrid). La entrada será libre hasta completar el aforo.
Publicamos a continuación por su interés la reflexión crítica sobre el haiku que el autor, reconocido experto en el tema, ha escrito para las presentaciones del libro.
En el transitar del tiempo cualquier tradición lírica se fortalece con la incorporación de estrategias expresivas nuevas y el acomodo de moldes formales de otros entornos. Tal vez, una de las últimas adopciones estróficas al castellano ha sido el haiku, un poema breve japonés que se organiza en tres versos de cinco, siete y cinco sílabas, sin título ni rima y con una expresión tendente a la claridad, ajena a procedimientos retóricos y hermetismos conceptuales. La denominación “haiku” se atribuye al poeta Shiki, quien la popularizó en el siglo XIX.
Según Octavio Paz el molde sintético en castellano es descubierto por el mexicano José Juan Tablada (1871-1945), un autor finisecular con llamativo viraje desde el modernismo a las vanguardias, cuya obra se compila en los libros Un día…Poemas sintéticos, Li Po y otros poemas y El jarro de flores (Disociaciones líricas). Aquel viajero incansable era un enamorado de la cultura japonesa e incorporó en su escritura el singular aporte del haiku japonés. La entrada en nuestro territorio lingüístico se facilita por la existencia de una sensibilidad afín de estrofas breves como los epigramas, las seguidillas, las greguerías o los aforismos. Esta proximidad habita en los afanes literarios de Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Ramón Gómez de la Serna, Federico García Lorca, Lorca, Luis Cernuda, Manuel Altolaguirre y Emilio Prados… Y se desborda en el último tercio del pasado siglo, cuando un caudal insólito de haikus anega las distintas promociones y corrientes contemporáneas que comienzan a dibujar los trazos más tempranos del momento digital.

La justificada desconfianza en la que la estrofa asimilada pierda su plenitud —hecha de concisión, temporalidad y mínima presencia del yo— al alejarse de su espacio de origen origina otros enfoques: si la mentalidad, el arraigo cultural y la perspectiva de escritura son diferentes en la dispersión, los resultados se aprestan a mostrar una apariencia nueva. Como cualquier empeño literario, el trío verbal debe sobreponerse al estatismo o la quietud y renovar su verdad artística. El haiku es un género poético abierto y tiende a una expansión universal.
Los nombres del canon clásico japonés convertían al yo poético en mero testigo; se velaba lo autobiográfico para que resaltara pleno y fuerte el horizonte, un entorno hecho para la contemplación que busca capturar el instante. Como cálidas secuencias visuales llegan los textos. Son apuntes del percibir que registran ciclos estacionales y muestran sus variaciones como síntomas del transcurso vital. Los haikus hilvanan argumentos desde los sentidos; asumen el oficio de cronista del vaivén temporal, aunque, de cuando en cuando, no duden en transmitir destellos emotivos.
En los ojos del haiku y en su disposición para reflejar un instante único se percibe un brillo renovado, una certidumbre que trasciende lo pasajero, un empeño por encontrar, a partir de la observación, el sentido último de la relación entre sujeto y horizonte visual; la palabra transparente y natural, renacida en el fondo del silencio. Las instantáneas verbales dejan la sensación de que transforman lo efímero en permanencia y hacen del instante un patrimonio sensorial.
Los haikus acogidos en Viajeros sedentarios abarcan un intervalo temporal de cinco años, entre 2020 y 2024 y sus contenidos aglutinan la modesta química de lo instantáneo. Mantienen la pupila abierta para transcender la condición estacional del haiku y cobijan una pluralidad de argumentos, un fluir pensativo que percibe la naturaleza, los ciclos estacionales, el latido del tiempo o las contingencias del transitar social. También a las percepciones sensoriales del sujeto y sus viajes interiores por los sentimientos, ya superada la distancia entre protagonista verbal y texto, entre subjetividad y enunciación descriptiva.
Las vicisitudes temáticas del libro se organizan en dos apartados: “Oficio de mirar” y “El rumor de la luz”, dos secciones que no confrontan entre sí. Además, comparten el sentido clásico de la estrofa y su severa pauta métrica. Ambos apartados acogen formas en fuga, emociones e ideas que alcanzan en la inmediatez su esencia más pura.
Debo al narrador, aforista, editor y amigo Juan José Martín Ramos la fortuna del título. Viajeros sedentarios. En la aparente contradicción del oxímoron, el aserto concede al viaje un sentido nuevo: los lugares no son geografías provisionales que se contemplan de paso, sino espacios de acogida de los que nunca es posible regresar.
La luminosa belleza del haiku es avariciosa con las palabras. Quiere buscar la esencia del instante, aquella inadvertida posibilidad, frágil y efímera, que tanto cuesta encontrar. Sólo emplea las necesarias notas de silencio que precisa el testigo. La mirada de luz de quien comparte el laberinto de reflejos de la vida al paso.