abril de 2025

‘La tristeza del sabio’, de Javier García Gibert

La tristeza del sabio
Javier García Gibert
Ediciones Carena, 2024
409 páginas

 

EL BALANCE IMPLACABLE DE LA VIDA

En La tristeza del sabio, una absorbente serie de reflexiones nos incita a seguir los dilemas del protagonista. También su actitud combativa mantiene la atención del lector. Como en su anterior novela, El sacrificio, Javier García Gibert se centra en la mirada del personaje principal. Solo que ahora se va a condensar la experiencia de toda una vida. Ya no aparece el mundo en los ojos de un joven, sino en los de alguien que acaba de jubilarse.

Arturo Elcarte no acepta los convencionalismos sociales ni ciertas máximas del pensamiento dominante. Ello le ocasiona frecuentes conflictos con quienes le rodean. La maestría formal de la novela alcanza sus cotas más altas en la tensión de los diálogos. Estos destacan por la agudeza y la ironía. Además, los enfrentamientos suscitan en nuestro personaje unas conclusiones que destilan un humor inteligente.

A través de Arturo conoceremos a los demás personajes y las situaciones que se irán produciendo. Nos hallamos ante una clase de novela psicológica como La conciencia de Zeno, de Italo Svevo, Herzog, de Saul Bellow o Stoner, de John Williams. Todas retratan a un hombre maduro, con gran bagaje cultural y capaz de un pensamiento sutil. Arturo compartirá dichos rasgos con los tres personajes nombrados en el título de las anteriores novelas. A semejanza de ellos, destaca por su capacidad introspectiva. En él domina la tendencia a la reflexión y el hábito contemplativo. No resulta extraño que sus principales actividades sean de cariz intelectual. Su carácter melancólico y un intransigente individualismo hacen que se retraiga en las relaciones personales y sociales. Sólo encuentra la libertad en su espacio interior, representado metafóricamente por su casa solitaria y llena de libros clásicos.

Mediante la enunciación en tercera persona se analiza la mente de un profesor de “lenguas muertas”. Así las denomina Arturo mismo con amarga ironía, pues sabe que el arquetipo del hombre de letras carece de vigencia en el mundo contemporáneo. La apuesta por una escritura rigurosa y profunda no ha tenido la repercusión esperada. Sus libros no se han difundido como los de otros autores que se han plegado a las exigencias sociales. Arturo no participa en el vasallaje que demanda el poder universitario. Ni acepta las concesiones impuestas por la industria editorial. Por otra parte, piensa que el cultivo interior no ofrece ningún interés a una sociedad dominada por las leyes del consumismo y de la inmediatez. La era tecnológica ha barrido los últimos restos del humanismo renacentista.

La constante focalización propicia que nos acerquemos a la conciencia del personaje. Podemos comprender mejor sus reflexiones y sentimientos. También los motivos de sus actos. Todo ello aumenta nuestro grado de simpatía. Sin embargo, la novela no oculta los defectos y contradicciones de Arturo. El uso de la tercera persona también favorece que el lector adopte una distancia crítica. Tanto la técnica enunciativa, como la complejidad del personaje, permiten ahondar en el análisis ético. La obra no cae en el maniqueísmo, pues desvela tanto las carencias de la sociedad actual, como las de su propio censor. Arturo se queja de la pérdida de unos ideales que ennoblecían al ser humano. Pero tal denuncia no implica que su comportamiento esté permanentemente a la altura de ellos.

El primer capítulo de la novela nos sitúa en el momento de cambios y expectativas que atraviesa Arturo. Su trayectoria laboral ha terminado y planea rehacer su vida amorosa. La narración de este capítulo inicial se desarrolla principalmente en el cementerio. Arturo va allí como otras veces para visitar las tumbas de sus padres. Pero también espera encontrase con su nueva amada.

Hace unos pocos años conoció a una mujer que arreglaba una lápida cercana. Había perdido a su hijo en un accidente. Al hablar con ella sintió una gran sintonía. También se fijó en su atractivo físico. A partir de entonces ha vuelto a coincidir con María cada aniversario de la desgracia. Arturo rememorará estos encuentros. Con el paso del tiempo, se había decidido a declararle su amor. A solas ha ido imaginando los futuros deleites de su unión. Pero ocurrirá algo inesperado y desazonante.

No va ser el único acontecimiento que desestabilice su equilibrio emocional. Durante los seis meses posteriores a su jubilación se producirán más cambios decisivos. Por ejemplo, fallecerá su antiguo profesor de instituto, Don Arsenio. Al recuerdo de su larga amistad dedica uno de los capítulos. Otro amigo íntimo, el bibliófilo Pablo, le anunciará el traspaso de la librería de viejo donde se reúnen para sus charlas literarias. Habrá sorpresas y percances. Descubrirá que una alumna del último curso está estrechamente vinculada con alguien de su pasado. Sufrirá un atraco violento el día de Año Nuevo.

Los conflictos sucesivos consiguen que nuestra curiosidad nunca decaiga. El autor demuestra un gran talento para hilvanar los nudos de la intriga. No desvelaremos más la trama, la cual se desarrolla de forma equilibrada y precisa en los diez capítulos. Centrémonos en el motivo que unifica esos primeros meses tras la jubilación: el balance existencial. Arturo evocará algunos de los acontecimientos que han marcado su historia desde los años de instituto. Las vivencias no siempre siguen un orden cronológico, aunque acaban desembocando en la fecha presente, recién cumplidos los sesenta y cinco.

Una serie de personas han resultado indispensables en su recorrido vital. Gracias a su profesor de instituto, por ejemplo, se decantó su vocación por la filología clásica. También resalta su amistad con Víctor, compañero de estudios y de anhelos juveniles. Con ambos comparte de distinta manera la veneración por los clásicos. Lo mismo sucederá con el resto de amigos íntimos, como el librero Pablo o con su discípulo de la universidad, el joven Daniel. Todos han superado la prueba del tiempo: sigue contando con ellos, pese a los vaivenes de la vida. Además, la amistad se basará en unas afinidades culturales, en el mutuo reconocimiento y en la admiración por alguna cualidad destacada (por ejemplo, la humildad de don Arsenio y su amor por la cultura grecolatina).

En el plano amoroso las relaciones serán mucho más complicadas. De hecho, la más importante, que le llevó al matrimonio, ha dejado una cicatriz en su interior. Desde su divorcio ha descartado la posibilidad de convivir con alguien. Sólo mantiene cierto contacto afectivo con una masajista rusa. Aunque la relación entre él y Ludmila se subordina a las horas reguladas por su demanda como cliente. Los encuentros se extienden a invitaciones ocasionales por parte de Arturo: cenas o viajes de placer.

Con Ludmila se comporta de forma cortés. A veces incluso con inusitada galantería. Pero no se vincula. Ella se va sentir respetada y con el tiempo consiente en un mayor acercamiento anímico. Su comportamiento irá más allá de la dinámica impuesta al principio por la condición de masajista. La precaria situación laboral, así como su dependencia de la bebida, la vuelven más vulnerable y necesitada de un apoyo afectivo. Necesita paliar de algún modo las frustraciones y la soledad Sin embargo, el trato entre ellos depende exclusivamente de los deseos de Arturo. Los ideales del humanista conviven con esta actitud egoísta. No quiere implicarse en la vida de ella, a pesar de que no se ha conformado con un contacto meramente sexual. Arturo ha logrado los favores de la proximidad amorosa, lo cual lo sitúa en una posición distinta con respecto al resto de clientes. Sin embargo, es él quien lleva la iniciativa en los planes comunes.

Si los proyectos son cosa de futuro, cualquier balance remite al pasado. De ahí la nostalgia que impregna los estados anímicos del protagonista al comienzo de la nueva etapa. Dos ámbitos centran la revisión de su vida: el de su profesión docente y el afectivo. Aunque ambos se entrelacen, el primero atañe principalmente a la proyección social de Arturo y a sus aspiraciones culturales. El segundo al desarrollo de su intimidad amorosa. En cada uno se producirán momentos de celebración, incluso de epifanía. Pero en los dos ámbitos acabarán pesando los elementos negativos.

Pese a los éxitos puntuales y a los momentos de amor, domina la conciencia de fracaso. Para sopesar esto último, será necesaria una gran dosis de honestidad. El protagonista acepta con sentido autocrítico los comentarios de otros personajes sobre él. En el fortuito encuentro con su exmujer, ésta le reprocha su egoísmo con particular encono. Lidia emplea el adjetivo “atroz” (tan borgiano) para resaltar su defecto. Él sufre la herida del dardo verbal, pero encaja su crítica sin cuestionarla.

Su exmujer está resentida por sus reservas a entregarse de forma plena. Esto se evidencia desde el principio por su negativa a tener hijos. Es la condición que le impone al pedirle el matrimonio. También en la relación con Adela, a la que dedicará otras secuencias evocativas, se patentiza el desapego del protagonista. Él se centra por entero en su labor intelectual y creadora. Sólo desde esta cápsula vivencial puede entablar relaciones amorosas.

Con los amigos no habrá tantos problemas. El menor nivel de exigencia y demanda es compatible con su necesidad de soledad. Aun así, Daniel acaba recriminándole de forma tácita su aislamiento. Y Víctor le reprochará en cierta ocasión que nunca le pregunte por sus hijos. Este último hace honor a su nombre de pila, ya que representa la victoria en los dos ámbitos aludidos: el profesional y el sentimental. Es un estudioso que ha sabido encajar en el mundo cultural y obtener un reconocimiento por sus méritos intelectuales. Por otra parte, ha podido compatibilizar su ambición con una vida familiar satisfactoria.

Con todo, Arturo nunca lo ha envidiado. No se arrepiente de haber realizado las renuncias de su amigo. Víctor ha triunfado en la vida, pero su obra se ha resentido a causa de ello. Por el contrario, Arturo protege su faceta creativa de todas las interferencias sociales y familiares. No importa que consagre su vida a un cometido ajeno a los intereses actuales. La vocación lo compromete con el marco de referencia elegido, aunque este no se corresponda con lo vigente. Su lucha interior vuelve más nítido el contraste con la nueva época. Algo parecido ocurre en El Gatopardo, la novela que Arturo le regala a su última alumna.

Mediante la falta de concesiones pretende salvar su escritura. ¿No sería esa decisión radical la que caracterizó desde la Modernidad a todo auténtico artista? En el último capítulo se enciende una luz que no es oportuno descubrir aquí, pero que sugiere una especie de redención: un antídoto capaz de conjurar el agudo sentimiento de fracaso existencial. Quizá se permita aún fantasear con una posteridad que restituya lo olvidado y salve su obra (y también su vida).

                                                                                            

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